-Escolar-¿Cuánto?
-¡Escolar!
Miré al conductor harta, siempre lo mismo (y no era que yo hablara bajo) ellos no escuchaban lo que yo decía.
Tomé mi moneda de diez centavos y la coloqué en la máquina, esperando que no fuese falsa (ya que mi equilibrio no era el correcto como para soltarme de las barandas y tomar otra moneda de mi mochila).
Busqué un asiento, no había muchas opciones, y no me gusta sentarme al lado de hombres mayores. Me sostuve sobre el asiento de otro pasajero, esperando que algún lugar se desocupara pero… ¡Qué rayos! Recién llegaba de gimnasia, y no iba a quedarme parada. Me senté en ése lugar que siempre le dejan a las ‘mujeres mayores’. Había dos opciones más delante de mí, bueno, no era el mejor puesto para quedarse, repito; no iba a quedarme parada.
Me dediqué a tomar mi coca-cola zero mientras los demás pasajeros de mi misma parada seguían subiendo.
Estaba en mi mundo, en mis pensamientos, en mi mente. Lo vi. Y dudó (igual que yo) si sentarse en ése incómodo asiento o quedarse parado, pero, decidió sentarse –Porque él volvía de gimnasia, al igual que yo-.
No quise mirarlo. Primero porque sería muy obvio que me parecía algo lindo, y segundo, porque eso sería… ¿Incómodo?
Sabía algo de su vida. Iba a un colegio privado a… ¿Cuatro cuadras de mi escuela? (O un poco más). Martes y jueves él y yo teníamos clase de educación física –Qué coincidencia-. Y (casi) siempre lo veía.
Me miró y se sentó, colocando su mochila a un costado de su cuerpo -Está de más aclarar que él es mayor que yo-.
Su rostro permanecía serio, daba miedo. Me miraba, y no entendía por qué, parecía sólo hacerlo por estar en frente mío, pero yo sabía (o quería saber) que era por otra cosa. Cuando el volteaba para que no fuese tan obvio que no me quitaba la mirada de en sima, me dedicaba a levantar la vista y ojearlo. No quería enamorarme, no quería, y no iba a hacerlo… Pero mirar un poco no le hace mal a nadie.
Y así estuvimos, mirada tras mirada, el volteaba y yo lo ojeaba, yo volteaba y él me ojeaba, hasta que una anciana de menos de sesenta se sentó a su lado, en frente mío.
Le agradecí a Dios por permitir que no hubiese tanta tención en el maldito autobús, porque este ya permanecía callado (o eso era lo que yo creía).
Ahora, sin tanta expectativa, miré a la mujer, ésa que llevaba un collar con la letra ‘M’, y comencé a buscar nombres que pudiera llevar. ¿Maria?, ¿Marta?, ¿Margarita?.
Me volteé para mirar por la ventanilla, ya casi llegaba. Ya casi él se bajaba, y al fin la pesadilla de tener que verlo a los ojos terminaría.
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Oh yeah, lo terminé. Estuve cinco días pero al fin lo terminé *aplausos*. Espero que les guste bitchies.

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